Claudia Lopera31 de diciembre de 2022País de nieve me ha parecido, en conjunto, una obra fallida pero valiente: falla en la plenitud del drama humano que promete y, aun así, se atreve a explorar territorios emocionales poco transitados. Kawabata construye una atmósfera impecable —la nieve no es solo telón, sino personaje— y maneja los silencios con una delicadeza que recuerda a Chéjov; hay pasajes que cortan la respiración por su precisión sensorial. Sin embargo, la reticencia narrativa que tanto admira puede volverse evasión: Shimamura queda a medias, más esbozo que carne, y Komako oscila entre la presencia magnética y la elusión. Eso provoca una distancia que a veces impide la empatía y deja al lector admirando la forma más que sufriendo con los personajes.
La escritura posee momentos de pura audacia formal —fragmentación temporal, finales que se rehacen— que hoy se leen como ensayos de modernidad; por eso la novela merece respeto, aunque no siempre recompensa. En ciertas escenas aparece un afán casi flaubertiano por la economía del detalle, pero falta consistencia emocional para convertir esos instantes en una tragedia completa. Aprecio, en todo caso, el riesgo: preferible una obra que intenta algo nuevo y queda coja a una que no se atreve a moverse.
Al cerrar el libro queda la sensación de belleza incompleta, de una promesa narrada con honradez y sin concesiones. Esa tensión entre lo logrado y lo por resolver es, al fin, su rasgo más notable.