Identifícate



Cambiar contraseña:


Cuando pulses más abajo en el botón de Comenzar, leerás en silencio un texto de 445 palabras. Cuando termines, pulsarás en el botón de Terminar y verás los resultados.

Test de lectura

Extracto de:

Escribir lo que imagino, Max Aub

El Emperador de la China tenía mil peces negros en un vivero de jade. El Emperador de la China, vestido de seda negra, se pasaba las tardes sentado frente al estanque verde viendo el ir y el venir de sus peces negros. El Emperador de la China solía tener el humor negro, porque desde hacía algún tiempo, sin que ningún filósofo alcanzara a saber el porqué, algunos peces nacían con una o varias pintas amarillas. El Emperador hizo llamar sabios de todos los lugares de la tierra. Llegaron hombres de infinita sabiduría desde las márgenes del río Azul, del Imperio del Tíbet, de los montes Kuensún, del Indostán, del Misora, del Coromandel, del Penjab y de los montes de Cabul, del Laos y de Thap-muir, del Turkestán. Fineses, tártaros, mongoles, tungusos, turcos, turamos, de los valles del Ural, de las laderas del Altai, de las riberas del Éufrates. Vino el propio escultor que había labrado la estela de E-Anna-Du. Y un embajador del rey semita Urukagina.

No se pudieron poner de acuerdo acerca del extraño fenómeno. Las razones fueron muy variadas, según las informaran el interés, el halago o la ciencia. Sin embargo, dos fueron las causas más generalizadas en las que basaron sus especulaciones acerca de las escamas amarillas: el Sol y el Oro.

De ahí nació una de las controversias místicas más enconadas acerca del alma de los peces.

Los puntos extremos fueron sostenidos respectivamente por las escuelas Chan y los de una escuela tibetana cuyo nombre exacto se ha perdido. Los representantes de esta última, tenían en menos el mar y las aguas y afirmaban que los peces eran seres inferiores. Posiblemente eran materialistas, y acabaron todos en el patíbulo, menos Rhan y Po-Vu, los grandes maestros, que fueron echados al tanque de las lampreas; pero éstas no se los quisieron comer. En ello vio el Emperador una seña de la clarividencia divina. Entonces se los llevaron, con gran prosopopeya, al mar, donde los tiburones no les hicieron ascos. Pero todo esto sucedió después del concilio de Pekín, años más tarde de lo que estoy refiriendo.

La cuestión esencial de las escamas doradas quedó sin resolver. Los guardianes fueron torturados. Lo-Si-Tan suponía, con cierta verosimilitud, que alguno de ellos, resentido con el jefe de los viveros, había pasado subrepticiamente un pez dorado a la balsa de los Peces de la Noche. Mas no se pudo probar. Siguiendo el consejo del tercer ministro, el Emperador promulgó una ley mandando matar todos los peces que tuvieran aunque sólo fuese una sola escama amarilla, en cien leguas a la redonda. A los tres meses volvieron a nacer, de padres negrísimos, algunos pececillos con escamas doradas.