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Test de lectura

Extracto de:

El talismán, Walter Scott

El ardiente sol de Siria no había alcanzado aún su punto de mayor elevación en el horizonte, cuando un caballero cruzado que había abandonado su lejano hogar, en el Norte, para unirse a la hueste de los Cruzados en Palestina, atravesaba lentamente los arenosos desiertos que rodean al Mar Muerto, llamado también lago Asfaltites, donde las aguas del Jordán se reúnen en un mar interior, que no envía a otro alguno el tributo de sus olas.

El peregrino guerrero había caminado entre rocas y precipicios durante la primera parte de la mañana. Más tarde, saliendo de aquellos roqueños y peligrosos desfiladeros, había salido a la gran llanura en que las ciudades malditas provocaron, en tiempos lejanos, la directa y terrible venganza del Omnipotente.

El viajero olvidó las fatigas, la sed y los peligros de la jornada, al recordar la espantosa catástrofe que había convertido en árido y triste desierto el encantador y fértil valle de Siddim, antes regado y bello como el Paraíso, y reducido hoy a una soledad requemada por los rayos del sol y condenada a eterna esterilidad.

El viajero se persignó al ver la negra superficie de aquellas aguas, que tanto por el color como por la calidad se diferencian de las de todos los demás lagos, y no pudo evitar un estremecimiento al pensar que debajo de aquella superficie espesa yacían las antes soberbias ciudades de la llanura, cuya tumba abrió el rayo del cielo o la erupción de los fuegos subterráneos, y cuyos restos están cubiertos por un mar que no contiene peces vivos en su fondo ni sostiene embarcación alguna en su superficie, y que, como si su lecho maldito fuese el único receptáculo digno de sus fangosas aguas, no envía, como los demás lagos, tributo alguno al Océano. Como en los tiempos de Moisés, toda la tierra de los alrededores era «sal y azufre; ni se siembra ni se labra, ni crece hierba alguna en su superficie». Aquella tierra, como el lago, también podía llamarse muerta, porque no produce nada que se parezca a vegetación, y ni siquiera pueblan el aire sus habituales habitantes alados. Las aves huyen del olor del azufre y del betún, que, bajo un sol abrasador, exhalan las aguas del lago en espesas nubes, que frecuentemente adquieren la forma de trombas de agua. Grandes cantidades de la substancia fangosa y sulfurosa llamada nafta, que flotan fácilmente sobre las turbias aguas encharcadas, añaden nuevos vapores a esos nubarrones que pasan, y que constituyen un terrible testimonio de la verdad de la historia mosaica.