Claudia Lopera17 de septiembre de 2021Ruido de fondo me ha parecido una novela correcta, sin más: bien construida, inteligente en sus observaciones y sin duda relevante en sus preocupaciones, pero sin ofrecerme el asombro o la insistencia emocional que otras lecturas dejan clavados. Don DeLillo monta su maquinaria crítica con precisión: la familia Gladney, los pequeños rituales domésticos, las charlas de bar sobre la muerte, la nube tóxica y las simulaciones de evacuación forman un panorama coherente que apunta con lucidez a nuestras hipnóticas prioridades colectivas. Todo está donde debe estar y funciona; lo que le falta, para mi gusto, es una voz interior que haga latir el conjunto más allá de la ironía calculada.
Lo valoro porque el autor no se entrega al panfleto; prefiere la observación clínica y el humor seco, y eso le permite señalar sin sermonear. Hay escenas que muestran una economía de recursos admirable: diálogos que dan cuenta de lo absurdo cotidiano, imágenes domésticas que se vuelven metáforas casi sin proponérselo. Murray y Jack constituyen un dúo efectivo para desplegar ideas sobre la cultura del espectáculo y el saber especializado, y Babette aporta el imprevisto íntimo que trastorna la estabilidad de la pareja. Sin embargo, la distancia que DeLillo mantiene con sus personajes a menudo impide que el lector se conmueva; la muerte, tema central, se explora más como concepto que como experiencia vivida.
En términos de tono y alcance, la obra me recordó a ciertas ironías de Flaubert y a esa mirada desapasionada de algunos narradores decimonónicos que observan la sociedad con distancia; pero aquí la posmodernidad añade un ruido permanente —televisión, anuncios, un flujo de datos— que reemplaza la textura humana por una superficie continuamente vibrante. Esa elección funciona hasta cierto punto: ofrece diagnósticos certeros sobre la saturación mediática y la farmacopolítica del miedo, pero no siempre encuentra el contrapunto emotivo que convierta la tesis en tragedia o en comedia humana. Queda, al final, una sensación algo académica: brillante en el salón de discusión, tibia al calor de la lectura.
Aprecio la ironía sutil con la que DeLillo maneja el concepto de simulación; las evacuaciones mientras se practica la evacuación, o los tratamientos que prometen borrar el terror, son imágenes nítidas sobre la sustitución de lo real por su representación. También valoro la manera en que el autor no fuerza moralejas: deja que permanezcan las preguntas. Pero encuentro que algunos episodios se estiran más de lo necesario, como si la escritura dudara entre profundizar en la familia y mantener el ensayo sociológico en pie. El resultado es coherente, sí, pero no imprescindible.
Para quien busca una lectura que provoque debates en sobremesas o seminarios, Ruido de fondo cumple y propicia conversación; para quien espera una conmoción perdurable, puede quedarse en la superficie de lo correcto. Voy a conservar la novela en la estantería con respeto, sabiendo que volveré a consultarla más por sus certezas sobre el mundo mediático que por una necesidad afectiva de revivir la historia.