Claudia Lopera31 de mayo de 2025Rayuela me ha gustado más de lo que esperaba; su primera impresión puede parecer desconcertante, casi desafiante, pero pronto se revela como una invitación a pensar la lectura como un gesto activo y gozoso, y a mí, lectora veterana de muchos pasajes de otras épocas, me devolvió la sensación de estar participando en una conversación extensa y errante que a la vez sabe ser urgente; la novela no busca comodidad: corta con la linealidad esperada y arma un tablero donde cada salto ofrece un matiz nuevo, una fisura en la que se cuela la ternura, la ironía y, sobre todo, una honestidad hacia los personajes que resulta conmovedora, y confieso que me encontré varias veces sonriendo por la libertad con que Cortázar permite que el lector se equivoque, vuelva atrás y se deje sorprender (y sí, lo leí con una taza de té ya fría junto a mí, porque no todo en la lectura pide ser domesticado).
Lo que más me cautivó fue la manera en que la contranovela respira a dos ritmos: por un lado, la Bogotá parisina del Club de la Serpiente, las discusiones, Morelli como eco persistente de ideas sobre el lenguaje y la forma; por otro, el retorno a Buenos Aires con su extrañeza cotidiana y su lúcida crueldad, como si el mismo autor se permitiera probar diferentes instrumentos narrativos para ver cuáles vibran más hondo; esa oscilación entre lo intelectual y lo íntimo, entre la broma y la tragedia, recuerda a veces la precisión moral de Flaubert sin apelar a la academicidad, y en otros pasajes asoma una sensibilidad próxima a la memoria sensible de Proust, pero sin querer emularlos: Cortázar toma prestadas gestas de la tradición y las despieza para proponer otro tipo de relato, uno donde el lector es cómplice y ocasionalmente cómplice autor, responsable de ensamblar significados.
Al terminar la lectura quedó la certeza de haber compartido un proyecto literario valiente, una novela que se permite ser imperfecta y, por ello mismo, honesta; su lenguaje, a veces lúdico, a veces hiriente, no pretende seducir con trucos, sino abrir caminos; si al principio temía no encontrarme con una trama que me sostuviera, ahora veo que lo que sostiene es la intensidad contenida de sus preguntas sobre el amor, la soledad y el sentido, y recomiendo Rayuela a quien quiera experimentar la literatura como un diálogo vivo: no viene a dar respuestas tranquilizadoras, pero sí promete una compañía profunda y, al final, un cielo alcanzable en cada salto.