Claudia Lopera16 de marzo de 2023La lectura de San Manuel Bueno, mártir deja una sensación extraña, casi amable en su austeridad: parece una novela mínima en acciones pero desbordante en pulso interior. Unamuno plantea la fe no como dogma sino como acontecimiento humano, y sitúa el drama en la conciencia más que en el escenario; por eso Valverde de Lucerna y su lago funcionan como espejo y memorial, símbolos que nunca se agotan aunque se muestren con economía descriptiva. La voz de Ángela, que reconstruye aquello «ahora» desde sus recuerdos, da al relato una tonalidad de memoria confesional donde lo cotidiano adquiere la gravedad de un testamento.
El conflicto esencial —el don Manuel que consuela y que alberga un secreto— no se resuelve en giros, sino en una sucesión de pequeñas escenas que calan: la caridad, la paciencia, la capacidad de leer almas; todo ello expuesto con una ternura que no evita la ironía sutil sobre la necesidad social de creer. Lázaro, convertido sin ornamentos, y Blasillo, con su fe sin matices, completan ese triángulo moral que obliga al lector a preguntarse por la autenticidad de los ritos y por el precio de la paz comunitaria. La novela no busca moraleja fácil; propone, más bien, una conversación inacabada entre la esperanza y la duda.
Narrativamente, el artificio del manuscrito encontrado recuerda, sin imitar, técnicas clásicas —uno piensa en Cervantes en el uso del testigo parcial— pero Unamuno lo despliega para otro fin: la idea de que la verdad puede ser una herencia frágil. El lenguaje es sobrio, a ratos lacónico, con pasajes de una claridad que desarma; y esa moderación contribuye a que el lector se convierta en cómplice del silencio que rodea al párroco.
Lo que me parece más curioso es cómo la obra, escrita en un momento convulso del siglo XX, dialoga con épocas más largas: no es un alegato clerical ni un manifiesto intelectual, sino una fábula humana sobre identidad y consuelo. Al cerrar el libro queda la impresión de haber asistido a una liturgia íntima, donde el misterio no se resuelve sino que se transmite. Y esa modestia —tan poco espectacular— acaba siendo su mayor logro: una obra que persuade sin forzar y que exige, con delicadeza, la capacidad de escuchar.