Claudia Lopera27 de enero de 2026Conrad construye en El corazón de las tinieblas una deriva que no se limita a un espacio geográfico: es un descenso moral y simbólico que obliga a mirar lo peor de la pretensión civilizadora sin la solemnidad de la denuncia fácil. La narración de Marlow actúa como lente y espejo; su voz, contenida y a veces vacilante, pone al descubierto cómo la retórica del progreso se vuelve cobijo para la codicia y la deshumanización. Ese vaivén entre lo observado y lo intuido hace que la lectura sea incómoda y, al mismo tiempo, absorbente: no hay lecciones explícitas, sino situaciones que resuenan y piden interpretación.
Hay, en estas páginas, una economía de recursos que pertenece más a la narrativa decimonónica que a los discursos contemporáneos: imágenes contundentes, frases medidas, silencios trabajados. Conrad sabe insinuar más que proclamar; eso nos obliga a rellenar huecos con memoria histórica y con lecturas previas —uno piensa en Melville por la vastedad marítima, en Dostoievski por la intensidad moral— pero sin que esas sombras opaquen la obra. El relato no pretende ser un tratado antropológico ni una pieza de agitprop; es, sobre todo, una investigación sobre la fragilidad de las certezas cuando se enfrentan al aislamiento y al poder absoluto.
El personaje de Kurtz sigue siendo uno de esos núcleos literarios que se devoran a sí mismos: brillante, delirante, carente de contrapesos. Su caída no es solo personal, es el síntoma de una empresa humana que se legitima a sí misma mediante la violencia. Marlow, que cuenta y oculta, es el lector dentro del texto que sabe que algunas verdades no se pueden regalar sin destruir algo en el interlocutor; su decisión final revela más sobre la compasión ambigua de la sociedad europea que sobre el propio Kurtz.
No ignoro las lecturas críticas que han puesto el dedo en el trato a los africanos dentro de la novela; no es un texto inocente y hay pasajes que hoy resultan inaceptables. Pero también hay en la obra una conciencia incómoda de la hipocresía imperial que la hace valiosa para el diálogo crítico. Su ambivalencia —obra maestra para unos, documento problemático para otros— es precisamente lo que la mantiene vigente.
Lo volvería a leer muchas veces, no por placer simple sino por la insistencia de sus preguntas: qué somos cuando el poder nos aísla, cómo se construyen las ficciones morales que justifican el daño. Es de esos libros que se leen de otra manera cada vez; y eso, en literatura, es ya una forma de utilidad.