Claudia Lopera30 de mayo de 2024Hijos de la medianoche me ha resultado refrescante: su mezcla de realismo mágico, ironía y memoria histórica permite leer la formación de una nación como si asistieras a una conversación larga, a ratos exasperante pero siempre entrañable. Rushdie enlaza lo íntimo y lo épico; Saleem Sinai, con su voz deslenguada y sus peculiaridades físicas, rinde cuentas de pérdidas y absurdos políticos sin convertir la historia en panfleto. Hay momentos que evocan, sin impostura, la exuberancia de García Márquez o la minuciosa exploración de la conciencia de Virginia Woolf, pero la novela conserva una pulsación propia: bulliciosa, caótica y franca. Valoro cómo respeta la complejidad temporal de la India poscolonial y transforma el trauma colectivo en materia narrativa palpitante. La profusión de episodios ralentiza el ritmo en ocasiones, sí, pero esa amplitud es parte de su ambición: abarcar idiomas, migraciones y pequeñas traiciones cotidianas. Al terminar, queda la sensación reconfortante de haber recorrido una geografía humana vasta y, sobre todo, de haber recuperado la curiosidad por relatos que pueden ser grandes sin perder la voz humana ni la ternura.