Claudia Lopera 4 de enero de 2022Me ha dejado fría. Esperaba dejarme zarandeada por esa voz quebrada y esos secretos a medias que prometen tormenta, pero al final la novela ofrece más un frío salón inglés que un huracán: cuidado formal, virtuosismo de flashbacks y un narrador que pretende desentenderse y, en la práctica, desliza su omisión como un velo sin textura emocional.
Ford domina la técnica: el no cronológico funciona y la figura del narrador poco fiable es un hallazgo en su contexto; sin embargo, la distancia que crea entre lectores y personajes se vuelve un obstáculo. John Dowell es interesante como mecanismo —su credulidad y su empeño en no ver— pero no despierta suficiente empatía para que sus descubrimientos resuenen. Las revelaciones quedan más como piezas de museo bien pulidas que como golpes al estómago. La tragedia es fría porque no se siente vivida, sino relatada.
Hay destellos que remiten a la literatura de antaño —a la implacable observación de Flaubert, a la inquietud moral de Tolstói—, pero Ford no siempre combina la observación con la pasión necesaria para que el relato llegue a conmover. En sus mejores momentos se vislumbra el modernismo naciente: fragmentación del tiempo, conciencia del yo y juegos de percepción. En demasiados otros, la seducción formal es acaso un disfraz que evita entrar en la carne de los personajes.
Admiro la ambición técnica y la transparencia con que Ford desvela las fallas sociales y afectivas de su época; aun así, para quien busca la intensidad íntima —esa que deja una marca, una rabia, un remordimiento—, este libro resulta distante. Queda la impresión de haber asistido a un ensayo sobre la tragedia humana más que a la tragedia misma. Si se valora la destreza narrativa, podrá disfrutarse; si se busca conmover, seguirá uno con la sensación de haber leído una obra perfectamente ejecutada... y, sin embargo, sin calor.