Claudia Lopera15 de agosto de 2025Niebla me ha parecido excesiva en su empeño por escrutar y demostrar hasta el último repliegue de la conciencia; la audacia metaficcional —el encuentro con el autor que decide sobre la vida del personaje— funciona como ejercicio intelectual fascinante, pero Unamuno insiste tanto en los argumentos y las claras demostraciones de sus tesis que la novela acaba por convertirse en un escenario donde la dialéctica ocupa más lugar que la respiración de las personas, y eso cansa: los monólogos se estiran, las reiteraciones filosóficas (se detectan ecos de Kierkegaard y Schopenhauer sin disimulo) vuelven predecible el asombro y la brillante invención de la “nivola” queda a ratos opacada por una retórica que se exhibe a sí misma con exceso de celo.
Las figuras, por su parte, padecen esa misma hipertrofia intelectual; Augusto es un admirable sujeto de reflexión pero no siempre un ser humano convincente porque su existencia se explica más que se siente, Eugenia y Rosario cumplen funciones simbólicas que explicitan ideas sobre modernidad y sensibilidad femenina sin llegar a la complejidad que merecerían, y Víctor Goti deviene a menudo portavoz técnico más que amigo creíble; contrasta esto con la manera en que Galdós o incluso Baroja dejaban a los personajes respirar en su entorno: allí la vida social y el detalle cotidiano sostienen la filosofía, aquí la filosofía tiende a devorar lo cotidiano.
Aun así, y pese a esta sensación de exceso, reconozco el valor del experimento: hay pasajes de una honestidad intelectual que cortan la impostura y un epílogo donde el perro Orfeo devuelve una ternura imposible que compensa bastante; por eso aconsejo acercarse a Niebla con paciencia y criterio —leerla por fragmentos, permitirse detener las discusiones interiores y regresar después—, apreciando su vigor creativo y su reivindicación de la duda, pero sin esperar la mesura narrativa que, personalmente, echo de menos en una obra que parece haber querido decirlo todo de una vez.