Claudia Lopera 7 de julio de 2024Es una novela que conmueve y que irrita en igual medida; Los pazos de Ulloa impresiona por su retrato implacable de la ruina social y moral, y a la vez deja un poso de incomodidad por sus presupuestos sociales. Pardo Bazán sabe narrar la tierra y el aire de Galicia con detalles que hacen sentir el polvo y el frío del caserón, y construye personajes memorables: el tímido Julián, la ingenua y triste Nucha, la sobrada Sabel y ese Primitivo que encarna la violencia más cotidiana. La autora maneja bien el contraste entre lo rural y lo urbano y las dinámicas de poder; en muchos pasajes se percibe la influencia de la mirada naturalista de Zola, pero también una postura propia, más ambivalente, que mezcla ciencia y moral.
Mis reservas nacen de ciertos matices ideológicos: el desprecio hacia las clases bajas aparece sin demasiada crítica y algunas soluciones psicológicas parecen forzadas —esa mezcla de determinismo y voluntad que Pardo Bazán intenta defender no siempre convence—. Tampoco me seduce del todo la estrategia lingüística que a veces artificializa las voces campesinas para el lector urbano; convence y distrae a la vez.
A pesar de ello, la novela merece leerse: es un documento de época y una pieza poderosa sobre el poder, la degradación y la hipocresía. Recomiendo acercarse a ella con paciencia y espíritu crítico; conserva, aun hoy, la capacidad de remover.