Claudia Lopera 5 de diciembre de 2024Las Metamorfosis me han dejado con una sensación agridulce: hay pasajes de una claridad y una invención poética que cortan el aliento, donde la transformación funciona como imagen y como filosofía, y otros fragmentos que se alargan sin la misma tensión, como si el poeta se distrajera o cambiara de pulso a mitad de camino, lo que da al conjunto una irregularidad evidente en ritmo y afecto; esa alternancia entre esplendor y cansancio hace que la lectura no avance siempre con la misma confianza, y obliga a detenerse, releer y a menudo a elegir qué mitologías merece rescatarse para el lector contemporáneo. Desde mi perspectiva, con la historia literaria como telón de fondo, resulta fascinante constatar cómo episodios sueltos conservan una vitalidad tal que parecen seguir alimentando a Chaucer y a Shakespeare —no como citas eruditas, sino como presencias vivas en la arquitectura narrativa—, y al mismo tiempo hay fragmentos que pertenecen más al taller del retórico que al del narrador: la violencia, el humor y la metamorfosis del lenguaje se alternan sin transición pulida, y a veces la acumulación de anécdotas diluye el hilo temático que, en otros momentos, brilla con la intensidad de una fábula breve. No puedo dejar de recomendar su lectura —no al azar ni como novela continua, sino por segmentos escogidos y con paciencia— porque, a pesar de la irregularidad, el poema sigue siendo una cantera de imágenes y lecciones sobre el deseo, el poder y la transformación; leerlo es cruzar un territorio variado donde hay que aceptar saltos, desnudeces y contradicciones, y quien lo haga con una mirada paciente y un poco de contexto encontrará recompensas insólitas, aunque el disfrute demande trabajo y un cierto talante crítico que sepa mirar tanto las cimas como los valles.