Claudia Lopera 4 de junio de 2023La letra escarlata sigue siendo, a mi juicio, una lectura imprescindible porque combina una mirada moral implacable con una ternura inesperada hacia sus personajes. Hawthorne no se limita a describir un castigo: dibuja cómo la vergüenza pública y la culpa íntima modelan vidas durante años, y en ese contraste radica la fuerza del relato. Hester Prynne resiste la humillación con una dignidad que hoy nos habla de resistencia silenciosa; Pearl es a la vez castigo y promesa; y Dimmesdale encarna la tragedia de quien predica sin poder liberarse de su propia corrupción. Chillingworth, por su parte, es la venganza convertida en sustancia, tan corrosiva que desfigura el cuerpo y el alma.
La ambientación puritana funciona casi como personaje: sus leyes, su moral escrita y su rumor social crean una atmósfera que explica por qué la historia conmovió y sigue inquietando. Los contrastes entre naturaleza y dogma, entre apariencia y secreto, se tratan con una economía de medios que recuerda, sin alardes, a aquellos narradores clásicos que nos enseñaron a mirar el interior humano —pienso en la precisión moral de Austen o en la sombra moral de Poe—.
Entiendo la fama de la novela porque plantea preguntas simples y duraderas sobre culpa, expiación y comunidad; las responde sin moralina, dejando al lector la tarea de sentir y pensar. No pretende consolarnos: propone contemplación serena y, de vez en cuando, una punzada de incomodidad necesaria.