Claudia Lopera 2 de febrero de 2024Me ha resultado simpática, aunque no en el sentido juguetón: hay en Conrad una ironía tímida que acompaña una trama oscura. La novela maneja el terror y la rutina doméstica con la misma mano firme, y eso desconcierta y fascina; la escena de Stevie es una herida que no se cierra. Aprecio cómo el autor coloca la política en el salón de mañana y la traición en la barra del mostrador. A veces pienso en Flaubert por la observación exacta de lo cotidiano y en Dickens por el Londres que respira entre las páginas; pero Conrad no es eco: su frialdad moral y su compasión contenida son suyas. Lectura breve, incisiva, que deja olor a ciudad y a culpa.