Claudia Lopera11 de abril de 2024Hay libros que se quedan cerca del oído como una melodía extraña; El corazón es un cazador solitario me ha parecido, en ese sentido, simpático: no por amable, sino por su persistencia y su capacidad para instalarse en la memoria. Carson McCullers escribe desde una contención que no niega la emoción, y eso hace que la novela funcione como un cuarto cerrado donde los personajes respiran a medias y, aun así, resultan entrañables. La soledad aquí no es exhibida sino mostrada en acciones pequeñas: un gesto, una escucha, la torpeza que se confunde con dignidad.
La trama —si cabe llamarla así— es más un tejido de presencias que una sucesión de acontecimientos. John Singer, con su sordera, actúa como núcleo magnético: la gente se le acerca para proyectar silencios propios. En torno a él están Mick Kelly, con su amor infantil por la música y los sueños que no terminan de tomar forma; Jake Blount, tembloroso y violento en sus certezas; Biff Brannon, observador que sirve café y recoge miradas; y el doctor Copeland, que carga con la urgencia moral y el desaliento. McCullers no ofrece soluciones, y eso es precisamente lo que confiere autenticidad a sus personajes: viven a la intemperie de sus limitaciones y no solicitan redenciones fáciles.
El tono de la novela alterna entre ternura y un humor seco, a ratos irónico. Hay pasajes luminosos sobre la música y la infancia—la figura de Mick es uno de esos regalos: su relación con el mundo suena más a fragmentos que a cantos completos, y eso la hace más cercana que perfecta. La mirada de la autora respeta la contradicción humana: compasión sin paternalismo, claridad sin simplificaciones. Por momentos la prosa recuerda la economía de ciertas obras sureñas, con ecos de un realismo que no busca épica sino verosimilitud; no cito por pedantería, sino porque ayuda a colocar la novela en un horizonte literario donde la fragilidad humana ocupa el centro.
Temas como el racismo, la pobreza y la frustración política aparecen sin banderines ni lecciones, integrados en la textura cotidiana. El doctor Copeland encarna esa mezcla de nobleza y desesperanza que resulta todavía familiar: su discurso es ardiente pero sus alternativas se tornan insuficientes, y McCullers deja al lector con la incómoda sensación de asistir a una sinceridad que no cambia el mundo. Esa ausencia de salida moral contundente puede inquietar, pero también respeta la complejidad real de las vidas que describe.
No es una novela para quienes busquen acción vertiginosa; su goce está en la paciencia. Lectores que aprecien los detalles, las escenas que se prolongan con efecto acumulativo, encontrarán aquí una compañera de lectura. A mí me conquistó por su honestidad: no pretende agradar con golpes de efecto sino acompañar, y en ese acompañamiento hay una ternura discreta que termina por sentirse simpática, como uno de esos vecinos que no hablan mucho pero cuya presencia reconforta.