Claudia Lopera15 de marzo de 2023Leer Frankenstein hoy tiene algo de conversación con los siglos: la novela de Mary Shelley no envejece porque su pregunta central —qué hacemos cuando creamos sin asumir— sigue golpeando ventanas modernas. Me parece imprescindible; no por el gusto del terror, sino por la precisión con que desarma las certezas del progreso. Hay escenas que recuerdan a los mejores pasajes del Romanticismo y, a la vez, anticipan nuestras inquietudes sobre la técnica y la responsabilidad colectiva.
Shelley construye un diálogo entre creador y criatura que no admite villanías unívocas. Víctor Frankenstein es, en ocasiones, un promotor de la ciencia sin medida; el ser que surge de sus experimentos es una conciencia en formación, llena de sensibilidad y confusión. Esa capacidad de la criatura para hablar, leer y conmover —su admiración por las flores, su descubrimiento de Milton o Goethe— obliga al lector a replantear la figura habitual del monstruo: aquí hay un sujeto que aprende, sufre y busca compañía. Cuando invoca a Milton, no es mero adorno: es la búsqueda de sentido que convierte a esa presencia en algo trágico antes que en un simple esperpento.
La narrativa tiene esa elegancia sobria que favorece la reflexión más que el sobresalto; las peripecias de abandono y rechazo, la deriva hacia la venganza, están descritas sin efectismos, con una mirada que comprende la complejidad humana. Me impresionó especialmente cómo Shelley sitúa la soledad del ser creado junto a la orfandad emocional del propio creador: hay una simetría dolorosa que recuerda, por brevedad, las reflexiones sobre la naturaleza humana en Rousseau o las biografías ejemplares de Plutarco, sin caer en lecciones morales fáciles.
A nivel estilístico, la novela alterna cartas, relatos en primera persona y testimonios que enriquecen el punto de vista; ese ensamblaje formal permite un pulso narrativo que nunca se agota. Hay pasajes de observación casi etnográfica —la criatura aprendiendo por imitación, los oficios rudimentarios, la vida campesina— que muestran una atención al detalle admirable. También vale la pena destacar la economía del horror: Shelley sugiere más de lo que describe, y eso hace que lo terrible sea aún más presente.
No es una lectura cómoda; exige paciencia y disposición para escuchar voces distintas dentro del mismo texto. Pero esa exigencia es su mayor virtud: obliga a colocarse del lado de la responsabilidad, a asumir que crear implica vínculos y consecuencias. La novela, además, envejece bien porque habla de miedos que no caducan: la pérdida de identidad, el rechazo social, el lamento de lo desechado.
Si uno se acerca con la calma de quien ha leído a los clásicos y no busca virtuosismos gratuitos, descubrirá en Frankenstein una obra que dialoga con su tiempo y con el nuestro. No es solo un arquetipo del imaginario gótico; es un libro esencial para quien quiera pensar la ciencia, la ética y la soledad con honestidad.