Claudia Lopera24 de enero de 2021Adiós a las armas me deja una sensación contradictoria: admiro la temeridad con la que Hemingway reduce el mundo a lo esencial —la lengua mínima, las imágenes claras, el ritmo casi percutido— y al mismo tiempo percibo que ese rigor, deliberado y valiente, no siempre alcanza a sostener lo que pretende decir sobre el amor y la guerra; las escenas en el frente funcionan a menudo como apuntes precisos, secos y certeros, y la relación entre Frederick Henry y Catherine Barkley tiene momentos de verdad que cortan el aire, pero la tensión emocional que debería elevar la historia a algo más que un testimonio autobiográfico queda, a ratos, deshilachada por el silencio como recurso y por un desapego que se anuncia más como acto estético que como comprensión humana profunda —pienso en cómo Tolstói enseñó a mirar la guerra con una mirada moral amplia, o en cómo Stendhal y Flaubert supieron mezclar pasión y sociedad con diferentes grados de ironía, y valoro que Hemingway prefiera la economía antes que la retórica, aunque esa economía convierta en discreta o esquiva a una figura como Catherine cuando, para mi gusto, merecía mayor contorno interior—; la prosa, limpia y a menudo poderosa, recuerda a un escultor que ha apurado la talla hasta dejar nervio y hueso, y por ese modo austero la novela posee pasajes memorables que justifican sin reservas la lectura de quien quiera entender cómo el estilo puede imitar la herida.
Lo que siento fallido no es la ambición sino el resultado en lo afectivo y en lo narrativo: hay decisiones de punto de vista y de elipsis que me alejaron y no me trajeron de vuelta, finales de secuencia que suenan a cierre prematuro y una sensación de que la violencia emocional —la pérdida, el duelo, la impotencia— se soluciona por eliminación en vez de por exploración; Catherine, que podría haber sido el corazón moral del libro, aparece más como figura idealizada que como sujeto complejo, y eso empobrece el choque entre el mundo militar y la vida privada; asimismo, la crítica implícita a la barbarie no adquiere la claridad ética ni la profundidad histórica que un lector con conciencia de otras grandes novelas de guerra podría esperar, de modo que la obra queda a medio camino entre el documento vivido y la parábola íntima, y aunque esa indeterminación es en sí coherente con aquella modernidad temblorosa de finales de los años veinte, para mí produce la impresión de riesgo no terminado.
Aun así, calificar a la novela de fallida no es desdeñar su valor: es reconocer que es un experimento literario de enorme coraje, singular en su lenguaje y útil como espejo para leer el siglo XX; la recomiendo a quien quiera estudiar la economía del relato, la tensión entre experiencia y forma, o simplemente leer una historia que a ratos conmueve y a ratos irrita por su honestidad seca; lo leí con una taza de té junto a la ventana y sigo creyendo que su mayor virtud es obligarnos a preguntar por lo que no se dice, aunque a veces eso nos deje con la sensación —agridulce— de que faltó hablar más.