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Submundo

Don DeLillo

Fecha: 1997

Tiempo de lectura: 22h y 44m

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Críticas de Submundo
Claudia Lopera12 de julio de 2021
Llegué a Submundo con una mezcla de curiosidad y cierta confianza heredada de lecturas previas; Don DeLillo tiene, sin duda, ambición y un pulso para las imágenes potentes. Sin embargo, esa ambición se queda en ocasiones en superficie: la novela aspira a cartografiar el inconsciente colectivo de Estados Unidos y, en lugar de ofrecer una excavación rigurosa, regala una sucesión de escenas memorables pero a menudo desconectadas que no suman el todo que prometen. Hay pasajes magníficos —el prólogo del partido de 1951, la intrusión de la imagen de Brueghel en la vida cotidiana, la figura de J. Edgar Hoover contemplando el cuadro—, pero la acumulación no se traduce en la acumulación de sentido que uno espera después de tantas páginas.
El ritmo es desigual. DeLillo juega con la discontinuidad temporal como herramienta, y cuando funciona produce momentos de lucidez; otras veces, esa misma dispersión resulta en distracción: personajes que reaparecen sin peso decisivo, digresiones que se estiran hasta perder tensión y una sensación de relleno que contrasta con la economía de medios que admira uno en autores clásicos. Pienso, sin ostentación, en la paciencia de Flaubert o en la estructura contenida de alguien como Tolstói; no es comparable, claro, pero sirve para decir que la novela podría haberse beneficiado de cortar aquí y allá. La extensión, por momentos, se vuelve un lastre.
La figura de Nick Shay, a quien se presume protagonista, queda curiosamente desdibujada por la constelación de voces que lo rodean. Su secreto, anunciado como motor narrativo, llega a perder su carga dramática; el suspense que prometía se apaga en un desenlace anticlimático que deja más preguntas sobre el propósito del relato que respuestas. Marian y la trama de la infidelidad ofrecen material humano valioso, pero tampoco alcanzan a sostener la densidad simbólica que el libro intenta manejar.
Me interesa, eso sí, la manera en que DeLillo aborda los residuos, los desechos culturales y nucleares como imágenes recurrentes: es una intuición válida y a veces potente, la idea de que lo enterrado vuelve a mostrarse. Pero la reflexión social se queda a menudo en lo evocador más que en lo analítico; hay ecos de grandes preocupaciones históricas, menciones de momentos cruciales —la crisis de los misiles, los ensayos en Kazajistán— que debían afilar la obra y, sin embargo, actúan con frecuencia como telón de fondo más que como motor.
Para una lectora que aprecia la novela extensa y que no rehúye la complejidad, Submundo ofrece destellos de brillantez y pasajes que se quedarán en la memoria. Aun así, esperaba una coherencia mayor entre ambición temática y resolución narrativa. Al final la sensación es de obra admirable en piezas, pero decepcionante como ensamblaje global: grandes escenas que no logran componer la sinfonía que sugieren.