Claudia Lopera27 de agosto de 2022Leer El extranjero me resultó refrescante por su frialdad honesta: Camus no busca conmover con ampulosidad sino desnudar una mirada que resiste la costumbre moral y el ruido público. Meursault, con su apatía casi elemental, obliga a leer las escenas más comunes —un entierro, un día de playa, un juicio— como si fueran ventanas al absurdo, y esa resistencia a dramatizar me pareció liberadora, casi terapéutica.
La prosa, contenida y precisa, deja que lo importante asome por omisión; hay escenas que se quedan en el paladar, no por belleza ornamental sino por verdad compacta. En la segunda parte, cuando el proceso gira en torno a la conducta ante la muerte materna más que al homicidio, se percibe una crítica sutil a la sociedad que fabrica significados colectivos donde el individuo no encaja.
Comparo esta lectura, sin grandilocuencia, con la de autores clásicos que trabajan la verdad humana con economías distintas —Flaubert, por ejemplo, también desprecia la retórica fácil—; aquí la época importa porque sostiene el juicio social, pero la interrogación sobre sentido y condena trasciende tiempo. Al cerrar el libro queda una calma extraña: no la del consuelo, sino la de quien ha visto algo despejado y, por ello, refrescante.