Claudia Lopera14 de febrero de 2023Leer El mundo como voluntad y representación me ha resultado simpático por momentos, no en el sentido de ligero, sino porque su franqueza intelectual y su coherencia interna funcionan como un gesto de honestidad: Schopenhauer no disimula la dureza de su diagnóstico sobre la vida, ni pretende dulcificar la idea de una Voluntad que opera sin razón; parte del idealismo kantiano y lo retuerce con ecos orientales hasta convertir la cosa en sí en una fuerza que atraviesa la naturaleza entera, y esa audacia —a ratos áspera, a ratos ternamente exacta— obliga a leer despacio, a detenerse en pasajes que iluminan la estética como refugio temporal del dolor y la música como expresión directa de lo íntimo, mientras uno reconoce, sin alharacas, las filiaciones con Kant, las resonancias orientales y los silencios que más tarde escucharán Nietzsche o los compositores.
La sección dedicada al arte y a la contemplación estética me parece particularmente lograda: la distinción entre representación y voluntad traduce con una lógica firme por qué el arte puede suspender la cadena del deseo y ofrecer ese raro reposo que Schopenhauer valora; la jerarquía de las artes, con la música en la cúspide, se sostiene en razonamientos que no buscan impresionar sino mostrar, y sus propuestas éticas —la compasión, la renuncia y cierto ascetismo práctico— emergen aquí como remedios complejos, no recetas moralistas, lo que confiere a la obra una madurez reflexiva que adivina tradiciones indias y cristianas sin imitarlas.
Al cabo, el libro es una conversación con el tiempo: discute la condición humana desde una serenidad que no se entrega al consuelo fácil y, sin embargo, ofrece alivios —la contemplación, el arte, la compasión— que me parecieron genuinos; lo recomendaría a quien busque una filosofía que no promete soluciones mágicas pero sí claridad, a quien valore el rigor de una mirada que pone el cuerpo y la historia en el mismo plano, y a quien disfrute de lecturas que obligan a volver sobre los fragmentos, a releerlos con calma y con una cierta ternura crítica.