Claudia Lopera23 de noviembre de 2021Cumbres Borrascosas es una novela que obliga a detenerse: no por su tamaño, sino por la intensidad compacta que contiene. Desde la primera aparición de las colinas de Yorkshire hasta el último suspiro de Heathcliff, Emily Brontë construye un paisaje moral y emocional que resulta tan imprescindible como incómodo; leerla no es un entretenimiento ligero, sino un examen prolongado de la pasión y sus consecuencias. Me parece imprescindible por la forma en que, con una economía de recursos, la novela expone la brutalidad y la belleza íntima que habitan en los mismos gestos humanos.
La estructura enmarcada —Lockwood oyendo a Nelly Dean contar los hechos— actúa como una lente que deforma y clarifica a la vez. Ese artificio narrativo, que recuerda por su precisión a los ensayos sobre perspectiva de algunos clásicos, obliga al lector a interrogar la fiabilidad de la memoria, la parcialidad del relato y la manera en que una vida puede ser narrada varias veces hasta adquirir un matiz mítico. No es sólo la historia de Heathcliff y Catherine: es también la historia de quién cuenta, de qué olvida y qué decide enfatizar. Esa complejidad, a menudo subestimada en lecturas superficiales, es parte del valor perenne de la obra.
Emily no busca la complacencia moral ni el consuelo romántico. La pasión que narra no es idealizada: es voraz, a veces fea, a menudo dañina. Heathcliff aparece como figura trágica y monstruosa, simultáneamente víctima y verdugo; Catherine encarna la contradicción entre deseo y posición social con una naturalidad que duele. Los personajes secundarios —Hindley, Edgar, Isabella, Hareton— no son meros accesorios: funcionan como contrapesos, como ecos que revelan hasta qué punto la venganza y el orgullo envenenan generaciones. La novela, en ese sentido, anticipa discusiones contemporáneas sobre violencia doméstica y estructuras de clase, pero lo hace sin didactismo: la observación es seca, casi clínica, y por eso más perturbadora.
La presencia del páramo es otro personaje: su humedad, su viento, su silencio, dibujan el alma de quienes lo habitan. La naturaleza en Brontë no consuela; acentúa. Hay algo de Byron en la atmósfera, algo de la dureza romántica que no espera redención fácil. Al tiempo, la novela dialoga con la tradición victoriana y la subvierte: frente a novelas que organizan lo social en conciliaciones morales, Cumbres Borrascosas mantiene la disonancia hasta el final, y sólo en la última página deja entrever una posibilidad de reparación tenue, no prometida ni grandiosa, sino humana y necesaria.
El idioma de Brontë alterna lo contenido con arrebatos líricos. No busca la ornamentación gratuita; cuando se permite la exaltación, ésta golpea. Esa mesura en el tono, esa operación de contención y explosión, hace que pasajes concretos permanezcan mucho tiempo después de cerrarse el libro. Los diálogos, los silencios, las descripciones del clima y las casas —Cumbres Borrascosas frente a la Granja de los Tordos— son instrumentos para mostrar cómo la geografía social se inscribe en el cuerpo y en el lenguaje de los personajes.
Es interesante considerar la recepción histórica: una novela que incomodó a sus contemporáneos por su crudeza y su desafío moral, y que con los años ha mostrado su fortaleza. Hoy se lee con la distancia crítica que permite comprender contextos, pero también con la inmediatez de quien reconoce sentimientos universales. Comparada con las obras de su tiempo, la radicalidad de Emily Brontë resulta más visible: mientras algunas novelas victorianas buscan orden, ella observa el caos que subyace a la vida doméstica y lo deja hablar.
Recomendar Cumbres Borrascosas no es sugerir una lectura fácil, sino ofrecer una experiencia literaria que hace mella. Para quien lee con paciencia y atención —mi mirada paciente hacia estas páginas lo confirma—, es un encuentro que enseña sobre los límites del afecto, la persistencia del rencor y la posibilidad, tenue pero real, de redención. Un clásico que sigue diciendo cosas actuales sobre el corazón humano y la sociedad; por eso, sin vacilar, lo considero imprescindible.